En un contragolpe, Palavecino recibió un pase de Carlos Rodríguez y, de zurda, trató de colocar la pelota al ángulo de Whalley, pero el desvío de Campillo sentenció el 2-1 de la visita (65). Aunque el Rebaño intentó reaccionar, el desatino alejó cualquier posibilidad de lograr el empate. Venciendo así Cruz Aul al Guadalajara, siendo el primer equipo finalista de la Liga MX y donde se destacó la actuación del árbitro César Artruro Ramos Palazuelos.
Durante años, Cruz Azul habitó su propio infierno de fantasmas. Pero la noche en que todo pareció a punto de romperse, cuando el Guadalajara tuvo la final al alcance de un empate y el entorno se volvió una especie de jauría, el equipo celeste resistió. Fue un ejercicio de pura supervivencia que exigió el más alto nivel de concentración de sus jugadores, un triunfo agónico (2-1, 4-3 global) que se definió por ese milímetro de azar que la historia casi siempre le había negado. El gol del argentino Agustín Palavecino, con la complicidad de un desvío del defensor Diego Campillo, sentenció no sólo el pase a la final en el estadio Jalisco, sino la certeza de que, al menos por esta vez, la moneda cayó de su lado.
Aquel templo, fundado en 1960, fue el lugar donde Chivas construyó su mitología (ganó siete de sus 12 títulos de Liga, trofeos de Copa y Campeón de Campeones), además de la leyenda del Campeonísimo. Ayer, sin embargo, sus aficionados se despidieron en un silencio triste. Los requerimientos de FIFA y las exigencias de la Copa Mundial obligaron el miércoles al plantel rojiblanco a desalojar el Estadio Akron para volver a la casa que compartió con el Atlas. No fue un trámite burocrático, sino la última de las pruebas para un plantel que perdió a cinco elementos claves (Raúl Rangel, Luis Romo, Brian Gutiérrez, Roberto Alvarado y Armando González) para concentrar con la selección mexicana.
Aun así, la visita al coloso de la calzada Independencia obró el milagro de la comunión. Chivas se blindó con la nostalgia de viejas glorias y el rugido de más de 50 mil personas que, incluso antes de que el árbitro César Ramos diera el silbatazo, ya habían inundado los pasillos con el eco del “¡Chivas, Chivas!”. Enfrente, Cruz Azul jugó contra sus propios traumas. A los cuatro minutos, luego de un despeje defectuoso de portero Óscar Whalley, el mediocampista Jéremy Márquez recogió la pelota sobre el área grande y remató cruzado pegado al poste para el 1-0, un golpe sorpresa que se gritó desde el banquillo visitante hasta los muros lejanos de La Noria.
Como las liguillas no tienen memoria, el Rebaño respondió a la velocidad del viento: un remate de Omar Govea desde fuera del área, con un bote extraño y la potencia necesaria para vencer al portero Kevin Mier, ajustó el marcador de nueva cuenta para los locales. Iban siete minutos y el marcador volvía a empezar. Durante la primera media hora, la intensidad fue un asunto de ida y vuelta, una taquicardia sostenida donde La Máquina acarició la ventaja con llegadas de Márquez y el nigeriano Christian Ebere mientras Chivas seguía hurgando en el nerviosismo de Mier.
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